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AMLO le ha regresado su dignidad y valía a los adultos mayores; estaban olvidados.

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— ¿Y por qué no pudo venir su hermana?
—Mi hermana se quedó con muchas ganas de verlo y yo le quería pedir si puede ir a visitarla a la casa-. AMLO sonrió y abrazando al viejito le preguntó -y, porqué no pudo venir?-.-Es que está invalida, en silla de ruedas, -dijo el adulto mayor- bajando los ojos.
AMLO que ya caminaba apurado hacia una de las camionetas para continuar la gira de Atil a Tubutama, le volvió a sonreír -Vamos- le dijo.

Los seguimos todos en una pequeña comitiva que no rebasaría las 30 ?ersonas, caminamos al paso del anciano unas dos cuadras hasta que llegamos a una humilde casa de adobe. AMLO se tuvo que agachar para entrar por la pequeña puerta. Una anciana en silla de ruedas prorrumpió en llanto cuando lo vió. AMLO, nuevamente se agachó para abrazarla y escuchar las muchas palabras de agradecimiento que la mujer le dio por haber accedido ir a verla. Fue una escena conmovedora en la que las palabras no alcanzan a describir el acto humano del político que posteriormente sería fraudeado, junto con toda la sociedad Mexicana, en la que quizás sea la elección más controvertida de la historia de nuestro país.


AMLO, a pesar de traer la agenda cargada porque esa mañana visitaría los municipios del “tercer mundo sonorense” Atil, Tubutama y Altar, para después trasladarse a Pitiquito y Caborca no reparó en tiempo alguno. La mujer le acarició el rostro, lo abrazó, lloró y lo bendijo por todas sus buenas acciones.

De ese tiempo para acá no recuerdo haber visto otra imagen mas elocuente, de las muchas que ha habido, que la de este día en su gira por Poza Rica, Veracruz. Ahí, en la reunión donde pide a mano alzada la votación para obtener la aprobación en su manera de conducirse respecto a las políticas de Donald Trum?, hay un paneo de la cámara donde un adulto mayor cercano o rebasando los ochenta años, gesticula y llora, lleno de emoción.

Ese es el agradecimiento que le tienen los adultos mayores, ese sector de nuestra población que había estado abandonado y en el que ningún presidente había reparado más allá de la retórica, mucho menos ayudado con las pensiones que ya están recibiendo a lo largo y ancho de la república.

No solamente es la soledad la que raya en los linderos de esas edades, es la carencia inaudita de muchos de los elementos básicos para la manutención diaria; alimentos, medicinas, una cervecita. Los ni alimentos para esos cuerpos que un sistema político y voraz ha desvencijado despiadadamente.
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